Cuándo me vaya por siempre
no os doy permiso a llorar.
Las amistades ausentes
no dejaron de lastimar
mi ya corrompida mente
por causas de soledad.
Culpadme de ser bipolar.
Pero culparos siempre
de lo que intento anunciar:
Las causas de mi muerte
no serán mi enfermedad.
Es la gente decente
la que causa mi mal,
la que trata diferente
algo tan normal
como odiar nuestro presente
y pretenderlo cambiar.
Recordarlo siempre:
Todo se pudo evitar.

Hubo un tiempo qué necesité gritar.
Pero siempre me sentí mudo.
Encontré la alternativa de rimar.
Se fueron desatando nudos.
Fui contando mi verdad
escondida entre unos versos.
Me forjé una realidad
de pensamientos dispersos.
Tuve algo para dar
a cambio de otros besos.
La noria volvió a girar…

Aun, todavía preso,
quise probar a cantar
algunos de mis lamentos.
Pero falta intensidad,
sentir más el momento,
muchísima calidad,
y alzar la voz al viento.
Quizás si dejo de volar
pueda pisar el suelo.
Quizás si dejo de soñar
descubra que estoy despierto.
Quizás si dejo de pensar
llegue a mostrar mi talento.
Quizás esa realidad
tampoco sea la que quiero,
y sólo busco disfrutar
gritando mi silencio.

Ratas de laboratorio
a las que le cambian las entrañas
manteniendo el envoltorio.
Redes de araña
que son recordatorio
de tanta mala saña.

Una mente brilló.
Un corazón se apagó.
Un alma se perdió.
Y entre tanta miseria un niño
mendigo de cariño
al que castigo y riño
por no crecer como el resto.
Por ser siempre honesto
en un mundo que detesto.

La piel ya oxidada
y una mente corrompida,
un cuento de hadas,
una partida perdida…
Todas las guerras ganadas
pero tan mortal herida…
Un ángel a su lado caminaba,
mientras otros, su vida consumían.
Y detrás de una mirada,
todas sus vidas perseguía…

Pobre

Yo soy tan sólo un hombre
qué nadie conoce su nombre.
Por no tener dinero
todos dicen que soy pobre.
Pero vale más el cobre
que manipula el fontanero,
que ese que hace que robes
volviendote un ser innoble.
Mientras escribo estas lineas espero
ser siempre fuerte como un roble.
Que nunca jamás nadie me compre,
pues mi alma yo no vendo.

Soy más libre cuanto menos tengo.
Más feliz practicando el desapego.
Me siento menos cruel sin dinero,
pues veo a mis vecinos y pienso…
¡Tanto lujo causa muertos!
Y esa es la “gente de bien”.
La que dicta nuestras normas.
La que nos arranca la piel
para hacer nuevas reformas
en sus lujosos chalés.

¡No puedo ser nunca así!
¡Jamás me lo podré permitir!
Mi conciencia, siempre ruín,
me castigaria con tormentos.
Y por grandes que fueran mis lamentos
nunca me permitiría vivir.

No consigo concebir
cómo para ser feliz
se destruyen tantas vidas.
Esclavos de nuestros días
debemos volver a resurgir
cómo el fenix de sus cenizas.
Y empezar por hacer trizas
a quien no nos deja exitir.
Sólo así llegará el día
en que empecemos a vivir.